Cuando no es lo que debería ser

¿Cómo saber cuándo algo es, aquello que afirmamos? ¿Cómo estar seguros? Si el miedo nos corroe las entrañas y no nos permite pensar con claridad.

 

El viento arrastraba un aire helado y susurraba entre las calles de la ciudad un sonido monótono y agobiante, aquella era una noche lenta, melancólica, con un cielo oculto en un mar de nubes negras y una luz de luna mortecina.

Para Fidel, aquella noche era todo lo contrario a lo que auguraba, se detuvo en una caseta telefónica y le habló a su madre. -“No te preocupes, dile a papá que ya junté lo del día, regresaré temprano a casa”-. No dijo más, no había necesidad de perder tiempo, solo el necesario para fumarse un cigarrillo. Subió a su taxi y encendió al motor a la par de la radio, lo que fuera para no escuchar el inquietante sonido del viento. Arrancó en dirección a su casa.

Cigarro

 

No tardó mucho en divisar a una persona, le hacía señales desesperadas para que se detuviera. Fidel detuvo su marcha sin apagar el motor y abrió un poco la ventana del copiloto.

-Buenas noches, muchas gracias por detenerse, por un momento pensé que me ignoraría como los demás taxistas- dijo el hombre frotándose los brazos, intentado espantar el frio de su cuerpo.

-Buenas noches -contestó Fidel- ¿A dónde se dirige?

-¿Cuánto me cobra por llevarme a la comunidad de Guerrero?- preguntó el hombre con tono inseguro. Fidel hizo una mueca de duda y pensó en la pregunta, aquel destino se encontraba lejos, un viaje de treinta minutos rumbo a la montaña. Observó bien a aquel hombre para ver si era de confianza: era un señor delgado, no más alto que él; la mirada, los rasgos en el rostro, la vestimenta y otros detalles, le llevaban a intuir que aquel hombre trabajaba en el campo. Por un momento encontró varias razones para negarse, pero sabía que nadie más lo llevaría y su expresión era la de un hombre desesperado por regresar a casa. La conciencia traicionó a Fidel.

-Le cobro cien pesos, pero debe poner sus cosas en el asiento trasero- contestó Fidel finalmente. El extraño se alegró de inmediato, aceptó el trato y subió al auto del taxista.

El pasajero se llamaba Eleuterio, vivía en la comunidad de Guerrero y era hombre de campo. Habló de cosas triviales con Fidel; tales como el clima, la familia, el trabajo en el campo, la razón de haberse quedado tan tarde en aquella parada, entre otras cosas. Conforme subían la montaña, las luces de las casas se alejaban, la carretera se volvía sinuosa, la temperatura descendía y el diálogo entre los hombres se congelaba. Finalmente la radio empezó a sufrir los estragos de la lejanía con la urbe. Fidel intentó ajustar otra estación pero era en vano, estática y voces entrecortadas se escuchaban en el aparato. El silencio se apoderó de la atmosfera.

 

Autoestereo

 

-¿Qué es eso?- preguntó Eleuterio, señalando a la lejanía con una expresión de sorpresa y miedo. Sin dudarlo, Fidel miró hacia donde apuntaba el pasajero.

Justo en la curva, al borde de la carretera, había una pequeña capilla color amarillo con detalles en rojo; la cual albergaba diversas imágenes de santos, espacio que los lugareños aprovechaban para sus rezos cotidianos, pero por su tamaño solo permitía el acceso de una persona. En la noche aquel lugar era punto de referencia para los conductores, una especie de pequeño faro. Unas coloridas luces de navidad alumbraban suavemente parte de la fachada. Las luces de las veladoras en el altar, escapaban de su encierro por los espacios en la reja de hierro que limitaba el paso a los curiosos, dando así, unos pequeños trazos de calidez a la negrura de aquel lugar. 

 

Fuera de la capilla se divisaba una imagen fantasmagórica, una mujer de aspecto joven se encontraba hincada en el pasto, con las manos juntas en posición de oración, lejos de las luces navideñas o las veladoras que débilmente iluminaban parte de su ser, sus largas ropas blancas eran agitadas por el viento, pero ella permanecía inmutable, ajena al escenario que le rodeaba, perdida en sus pensamientos y su soledad. Aquella era sin duda, la mujer de la carretera. Fidel sintió la sangre acelerarse, su cerebro transmitía el horror a todo su cuerpo y este último no respondía. La razón le pedía acelerar, sus extremidades se negaban. Pasaron lentamente aquella imagen, retardando la agonía en silencio.


El carro se apagó de pronto, sacando a Fidel y a su compañero del trance, no sabía que había pasado exactamente, lo único que entendía es que su auto se encontraba fuera de la carretera y el motor se había apagado, intentó encenderlo pero no pudo, el miedo invadía su ser, era como si una fuerza sobrenatural no deseara su avance.

-Deberíamos bajar a ver a aquella mujer-. Dijo Eleuterio mirando por el retrovisor. Fidel puso cara de horror, aquella propuesta era lo último que quería oír.

–¿Estás loco?- Respondió aterrado –¡Esa es la mujer que aparece en la carretera, varios compañeros me han contado de ella!-

-Hay espantos más aterradores en el campo, además tienes que regresar sólo- Eleuterio dijo esto y bajó del auto.

Fidel maldijo su suerte, el pasajero tenía razón, él regresaría sólo tarde o temprano, era mejor enfrentar esto, tomó el bastón de seguridad y una pequeña lámpara que siempre llevaba guardados y bajó con un gran miedo. El aire era mucho más helado afuera, el sonido del viento se tornaba agresivo, golpeando las ramas de los arboles unas con otras. A medida que se acercaban al espectro, a Fidel le temblaban las piernas, cualquier ruido le asustaba y creía escuchar voces susurrando que se escondían en el mecer de las ramas. Eleuterio avanzaba decidido, con zancadas grandes que lo adelantaban de dos a tres pasos de su compañero.

Veladoras


-¿Disculpe señorita, se encuentra bien?- Preguntó Eleuterio sin acercarse mucho. La mujer no respondió, parecía indiferente a la presencia de aquellos hombres. Eleuterio avanzó un paso y reformulo su pregunta, Fidel no se atrevía a acercarse, iluminaba con nerviosismo el rostro cubierto de aquella mujer, la cual llevaba ropas blancas con encaje que le cubrían casi todo. Eleuterio decidió terminar el tormento, avanzó los últimos dos metros que le separaban de la joven y la sacudió del hombro. Eleuterio dio un salto hacia atrás y se desplomó en el suelo, Fidel aterrado pero sin saber que pasaba soltó la lámpara.

-Váyanse a la verga-. Gritó Eleuterio– Esto debe ser una pendejada-. Se paró con fuerza y le quitó el velo. La mujer de la carretera era un maniquí, una simple muñeca de mostrador que alguien había colocado en esa posición intencionalmente. La muñeca estaba amarrada con alambres a un tubo que le daba estabilidad, le habían colocado algo que asemejaba cabellos y la habían vestido con ropas blancas. Alguien había puesto mucho empeño en hacer parecer todo esto lo más real posible. Enfurecido por el engaño, Fidel arremetió varias patadas contra el maniquí, hasta lograr tumbarlo.

-¿Qué hacen ahí cabrones?- Preguntó con agresividad una voz masculina, a la que se le unieron otras voces.

Fidel y Eleuterio no quisieron saber de dónde venían las voces, se limitaron a correr al taxi. En segundos salieron a toda velocidad hacia Guerrero. La adrenalina todavía les invadía el cuerpo, iban fumando, insultando y comentando aquello que habían visto, el viaje se hizo más activo. Finalmente el pasajero llegó a su destino.

 

Fidel logró comprender lo que había pasado, nunca hubo voces llevadas por el viento, ni fuerzas sobrenaturales que detuvieran el carro, solo distracción y miedo. Para cuando regresó a su casa el viaje fue menos terrorífico, el maniquí ya no estaba, no entendía la razón para colocarlo, pero seguro lo volverían a poner para asustar a otros conductores.

 

 

Inspirado en un Hecho Real

Los nombres han sido modificados

Fuentes Orales Tuxtla Gtz. Chiapas, México.

 

Texto e Imágenes: Luis A. Cruz Pérez 

 

Etiquetas: Confusiones, Serie Carreteras Oscuras; Historias de un taxista: Fidel; La mujer de la carretera


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